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Dr. Rath Health Foundation

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Un momento crucial en la historia

¿Podría explicar un poco este paralelismo histórico que acabó con la Edad Media?


En el siglo XVI la tasa de analfabetismo en Europa cayó del 80% al 20%.

Hace 400 años, millones de plebeyos de Europa aprendieron a leer y a escribir gracias a la invención de la imprenta y a la traducción de los primeros libros del latín a las lenguas habladas. Esta «liberación del analfabetismo» acabó con la Edad Media en Europa y desencadenó lo que hoy se conoce como la Edad Moderna. Ninguna fuerza, ninguna guerra y ninguna dictadura pudo impedir entonces que millones de personas de la plebe renunciasen a su derecho a leer, a escribir, a adquirir conocimientos y a tener una vida digna.

De una forma similar, hoy ninguna guerra, ningún abandono de los derechos civiles y ningún estado «Gran Hermano» podrá detener la liberación de la humanidad del yugo del cartel farmacéutico. Ya han muerto demasiadas personas en vano y demasiadas economías se han visto arruinadas por estos intereses corporativos; ahora la gente se está dando cuenta de por qué está pasando todo esto y seguirá luchando por su derecho a la salud natural.

Nuestra campaña «Sí a la salud, no a la guerra» revela el interés de la industria farmacéutica en la actual guerra y en la próxima «guerra mundial» que ya ha sido anunciada por James Woolsey, antiguo director de la CIA. También es una llamada a la acción, a no permitir que esto ocurra. Cualquier persona en cualquier parte del mundo puede aprovechar inmediatamente los grandes descubrimientos en el campo de la salud natural. Cada hogar, cada consulta médica, cada hospital y cada sistema de salud que aproveche estas terapias naturales privará a los grupos de interés farmacéuticos del dinero que necesitan para financiar la próxima guerra. Por eso estos dos aspectos están tan interrelacionados.

Los habitantes del mundo comienzan a darse cuenta de que los mismos grupos de interés que siguen permitiendo que las enfermedades maten a millones de personas para obtener ganancias económicas son los mismos grupos de interés que ahora están llevando a la humanidad a una tercera guerra mundial. Y los habitantes del mundo comienzan a darse cuenta que este campo de la salud es el más estratégico para cambiar el destino de nuestro planeta y llevarlo hacia un mundo más sano y también más pacífico. La ecuación es muy simple: por un lado hay un puñado de inversores que quieren seguir beneficiándose de las enfermedades y de la guerra, y por otro están los intereses de más de seis mil millones de personas por un mundo sin enfermedades y sin guerras. El resultado de esta batalla es seguro. Nosotros, las personas, ganaremos, pero hace falta que más y más personas participen.

¿Quién financió la campaña «Sí a la salud, no a la guerra»?

Esta campaña fue posible gracias a las contribuciones de las personas que se han visto ayudadas por las terapias naturales. Nuestro instituto de investigación proporciona conocimientos y programas de salud natural que permiten que la gente con enfermedades cardíacas, insuficiencia cardíaca, hipertensión, problemas circulatorios por diabetes, cáncer, osteoporosis y muchas otras enfermedades se beneficie de los descubrimientos de la salud natural en su investigación de las vitaminas y de la medicina celular. Cientos de miles de personas y pacientes de los cinco continentes ya se están beneficiando de estos descubrimientos. En muchos casos, los beneficios para su salud superan con creces toda su experiencia anterior con medicamentos farmacéuticos.

Por tanto, no solo disfrutan de los beneficios de estas terapias naturales, sino que también quieren que estos conocimientos se propaguen por todo el mundo para ayudar a otras personas que aún no los conocen. Así, el apoyo a esta campaña viene de gente que en la mayoría de los casos ha experimentado los beneficios de algo en lo que creen y por lo que luchan en su propia vida y en su propio cuerpo. De otro modo, no habría sido posible esta campaña informativa mundial.

¿Cuáles son los logros más significativos de su campaña «Sí a la salud, no a la guerra»?

Al desenmascarar a la industria farmacéutica como instigadora y principal patrocinadora empresarial de la actual crisis internacional y de la guerra, hicimos una gran contribución al demostrar que esta guerra carecía de legitimidad y de autorización por parte de la comunidad internacional. A aquellos que la han llevado a cabo se les pueden exigir ahora responsabilidades ante los tribunales internacionales para el resto de sus vidas, una vez que los habitantes del mundo se unan en esta denuncia.

La publicación de mis cartas abiertas en el New York Times fue una decisión deliberada. El New York Times se publica en una ciudad que es sede de las Naciones Unidas. Casi nunca en toda su historia se habían reunido tantos políticos, jefes de estado y representantes gubernamentales en la sede de las Naciones Unidas como en febrero y marzo de este año. Así, la información de mis cartas abiertas y el desenmascaramiento de la industria farmacéutica como principal patrocinadora de esta guerra llegó prácticamente a todos los países del mundo. Es más, muchos periódicos, sobre todo de los países más pequeños con representación en el Consejo de Seguridad de la ONU, como Chile, Pakistán, Camerún, etc. (pero también Turquía), publicaron mis cartas abiertas en sus países. El hecho de que millones de personas de estos países pequeños fuesen alertadas e informadas sobre el trasfondo empresarial de esta guerra fue un factor significativo para que sus gobiernos resistieran la tremenda presión política y los sobornos económicos a los que les sometieron las administraciones de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Estos dos países son los mayores exportadores de productos farmacéuticos del mundo. El dinero generado por dos de cada tres pastillas que se venden en cualquier parte del mundo regresa a estos países. Y es precisamente este dinero el que lleva a políticos corruptos y dependientes a la Casa Blanca y a Downing Street, y es este dinero el que ahora se usa para financiar la guerra en Oriente Medio y la ya anunciada «guerra mundial».

El segundo objetivo logrado fue que esta guerra contra Irak no se convirtiera en un holocausto nuclear o bioquímico. Al desenmascarar los intereses ocultos tras esta guerra, también se expuso el hecho de que una guerra con armas de destrucción masiva automáticamente serviría como objetivo estratégico de la industria farmacéutica para establecer leyes marciales mundiales y abandonar los derechos civiles para poder afianzar aún más su monopolio.

La supervivencia de la industria farmacéutica fue, es y continúa siendo dependiente de una guerra en la que hay envueltas armas de destrucción masiva en el campo de batalla o a través de algunos ataques escenificados en casa y lo antes posible. También es un hecho histórico que cada día, cada semana que esto no ocurre, la industria farmacéutica se ve impedida de imponer leyes asfixiantes a nivel mundial y, por tanto, de afianzar su monopolio en el «mercado mundial de la enfermedad». Al desenmascarar estos planes abiertamente y en todo el mundo hemos impedido que los círculos de inversión farmacéuticos alcancen sus propósitos hasta ahora.

Por otra parte, la publicación de estas cartas abiertas parece una novela de espías o un episodio del inspector Colombo. Cuando el agente de policía no está seguro del delito de un posible sospechoso, enfrenta al sospechoso con alguna prueba para probar su reacción. Esa era también mi intención cuando publiqué estas cartas abiertas. Si yo tenía razón, y sabía que la tenía, entonces los «criminales» tendrían que reaccionar.

Y vaya si reaccionaron. Solo 24 horas (un día) después de que la industria farmacéutica quedara expuesta como la mayor patrocinadora de la tragedia del 11 de septiembre y de la actual guerra, se presentó al supuesto «cerebro» del 11 de septiembre a un atónito público mundial. Después de que los ejércitos de varios países llevaban un año y medio persiguiendo a los supuestos cerebros del 11 de septiembre por las montañas Hindukush, de repente encuentran y arrestan a un jeque que dormía tranquilamente en su casa de Pakistán. Durante toda una semana los principales medios de comunicación de Estados Unidos se alimentaron de esta «captura del día», evidentemente una distracción mediática organizada. Pero casi nadie, fuera de Estados Unidos, se creyó este montaje mediático. La prensa internacional ya sospechaba de este plan secreto, incluso los medios de los «aliados». El periódico británico The Independent escribió sobre este jeque encontrado de repente: «Qué descubrimiento más oportuno».

Aún más significativas fueron las reacciones en el Congreso de Estados Unidos y entre las fuerzas del orden y la seguridad. Mucha gente inteligente en Estados Unidos ya sospechaba que había un plan oculto tras los ataques del 11 de septiembre. No daban crédito cuando se enteraron de que se habían ignorado avisos precisos del FBI sobre los ataques y que los superiores del FBI habían silenciado a los que alertaron de estos ataques. Aún más sospechoso era el hecho de que durante más de un año se negó a los familiares de las víctimas fallecidas en el World Trade Center una investigación oficial sobre el trasfondo de esta tragedia. La autoridad que bloqueó esta investigación era nada menos que la Casa Blanca y el propio presidente Bush. Los familiares de las víctimas lo único que querían era saber la verdad. Si este ataque realmente hubiese sido obra de «terroristas», cualquier gobierno hubiera tenido interés por investigar la verdad inmediatamente y con todos los recursos disponibles, no solo en interés de los familiares, sino también del público en general. La pregunta que se hacían era: ¿qué tiene que esconder la administración Bush para bloquear una investigación oficial?

Estas sospechas se vieron alimentadas, por supuesto, por mis cartas abiertas, en las que se informaba a los atónitos miembros del Congreso de Estados Unidos, a las fuerzas del orden y la seguridad y al público general que 70 años antes ya había ocurrido algo parecido. El 28 de febrero de 1933 ardió el Reichstag alemán. También este suceso fue inmediatamente aprovechado para abolir todos los derechos civiles y dictar leyes de delegación de poderes (Ley de seguridad de la patria) que se convirtieron en la base legal para una dictadura política y empresarial y para la Segunda Guerra Mundial.


Hace 70 años se incendió el edificio del Reichstag alemán.

Hoy es un hecho político que este ataque al Reichstag, el parlamento alemán, fue cuidadosamente planeado por los grupos de interés que lo utilizaron para preparar a la sociedad alemana para su guerra de conquista, la Segunda Guerra Mundial. También es un hecho que la ley de delegación de poderes que suprimió la mayor parte de los derechos civiles ya había sido preparada de antemano. Ahora, 70 años después, la comunidad política y los ciudadanos de Estados Unidos se han dado cuenta de que les habían puesto la misma venda en los ojos. Y los que han elaborado este plan ni siquiera se molestaron en cambiar el nombre. Hace 70 años la base legal para abolir los derechos civiles se llamó «Gesetz zum Schutz von Heim und Reich» (Ley de Protección de la Patria y el Reich). Los que ahora se aprovechan de esta tragedia del 11 de septiembre la llaman, en sorprendente analogía, «Homeland Security Act» (Ley de Seguridad de la Patria). ¿De verdad estos «legisladores» creían que el mundo no sería capaz de echar la vista 70 años atrás y ver lo que hay detrás de esta trama?

Los miembros del Congreso, la comunidad política y las fuerzas del orden y la seguridad alzaron un grito de protesta. Si habían apoyado a la administración Bush, solo había sido porque creían que era una «guerra contra el terrorismo». Ahora se enteraban de que quienes dirigen actualmente la Casa Blanca tenían un plan secreto. Además, los políticos de Estados Unidos y las fuerzas del orden y la seguridad sabían que los ciudadanos estadounidenses, sus votantes, también leerían el New York Times y les harían preguntas que tal vez no podrían contestar.

Los teléfonos no paraban de sonar en la Casa Blanca ni en el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Asustados, los políticos y legisladores dejaron claro que no tomarían parte en un «golpe» así en nombre del grupo Rockefeller y de sus marionetas políticas de la Casa Blanca.

La reacción fue rápida. Cuatro días más tarde, el Fiscal General de Estados Unidos, John Ashcroft, en un movimiento sorpresa, tuvo que revelar a la prensa la denominada Ley Patriota núm. 2. El sorprendido público americano se enteró así de que las actuales leyes contra el terrorismo supuestamente eran insuficientes y había que reformarlas. El meollo de estas enmiendas era nada menos que una inmunidad general para todas las fuerzas del orden y la seguridad de Estados Unidos que ejecutaban las órdenes de la administración Bush.

Así, a golpe de bolígrafo, Bush, Ashcroft y demás marionetas políticas del cartel intentaron ofrecer inmunidad a todo aquel que les apoyase en sus actos sin escrúpulos y en sus crímenes de guerra. Si quedaba alguna duda sobre el verdadero trasfondo del 11 de septiembre y el auténtico propósito de la actual crisis internacional, estas reacciones de la administración Bush a la información denunciada en mis cartas abiertas debería abrir los ojos a cualquier persona inteligente de cualquier parte del mundo.