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Dr. Rath Health Foundation

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El debate sobre el contro

Foto: Michael Specter, periodista en plantilla de The New Yorker, autor del artículo que desencadenó este debate

El debate público entre el Dr. Rath y la revista The New Yorker sobre la posibilidad de controlar de una forma natural la epidemia del SIDA ha generado un gran interés en todo el mundo. The New Yorker tenía previsto publicar un artículo escrito por su reportero Michael Specter, que al parecer estaba intentando desacreditar: a) la importancia de los micronutrientes en la batalla contra el SIDA, b) los fundamentos básicos de la biología sobre las vitaminas y la función inmunitaria, c) las investigaciones realizadas en este campo por el Dr. Rath y su equipo de científicos y d) a aquellos gobiernos que aprovechan las terapias naturales en su política nacional de salud, concretamente Sudáfrica.

El Dr. Rath resume este debate de la siguiente forma:

«El SIDA es un negocio multimillonario, pero solo mientras esta epidemia se extienda y mientras el negocio de inversión de la undistria farmaceutica pueda seguir protegiendo su "monopolio del mercado del SIDA" basado en fármacos tóxicos patentados contra el SIDA.

Inevitablemente, cualquier amenaza o ataque al monopolio que la industria farmaceutica tiene con las sustancias denominadas antirretrovirales (ARV) hará colapsar este mercado multimillonario de los fármacos patentados contra el SIDA. Es un hecho que los micronutrientes de base científica, que los libros de biología llevan décadas describiendo como factores biológicos esenciales para mejorar las inmunodeficiencias, son la mayor amenaza a la supervivencia de la industria farmaceutica negocio con el SIDA.

Cualquier reportaje aparecido en un medio de comunicación desacreditando a los micronutrientes no estará sirviendo ni a la verdad científica ni a los pacientes de SIDA. De hecho, los únicos beneficiarios de un ataque tan irresponsable serán los inversionistas de la industria farmaceutica que se está llevando a cabo con la epidemia del SIDA.»

Durante las tres últimas semanas y en respuesta al artículo preparado por The New Yorker, el Dr. Rath entabló un debate público con David Remnick, editor de esa revista, en el que le recordaba sus responsabilidades. Sus cartas abiertas al señor Remnick forman parte de este debate público y están documentadas en nuestra página web.

Hasta hoy no ha habido ningún indicio de que The New Yorker esté interesado en realizar un reportaje en profundidad sobre los micronutrientes u otras opciones naturales de base científica para el control del SIDA, ni siquiera después de la última carta publica del Dr. Rath.

Más bien al contrario: en respuesta a la última carta publica del Dr. Rath, el señor Remnick ha afirmado que su revista todavía tiene la intención de publicar el artículo de Specter, y que el retraso de varias semanas en su publicación no se debe a las cartas del Dr. Rath, sino a «consideraciones editoriales que nada tienen que ver».

Teniendo en cuenta que estaba previsto que el artículo de The New Yorker se imprimiera a principios de enero de 2007, este retraso de varias semanas es, cuando menos, sorprendente. En opinión del Dr. Rath, este retraso sugiere que hubo que reescribir una parte sustancial del artículo, lo que confirma su sospecha original sobre su intencin difamatoria y confirma los argumentos que expuso en sus cartas abiertas al editor Remnick.

A la luz de estos hechos, la explicación del señor Remnick (que el retraso en la publicación se debe a «consideraciones editoriales que nada tienen que ver») habla por sí misma.

El Dr. Rath se siente en la responsabilidad de publicar esta «curiosa» excusa para que no solo la gente de Nueva York, sino también el resto del mundo, puedan formarse su propia opinión sobre su credibilidad.

Personalmente, el Dr. Rath no tiene ninguna duda sobre lo que aquí está en juego:

«Obviamente, el editor de The New Yorker tiene un problema. Puede que el artículo original del señor Specter hubiera tomado una posición científicamente insostenible. Por tanto, el único consejo que puedo dar al editor Remnick es que, en interés de los millones de personas afectadas por el sida, no debería convertirse en parte de ese problema, sino en parte de su solución.

Mucha gente en todo el mundo está esperando con gran interés un artículo sobre el sida en The New Yorker. Teniendo en cuenta el papel fundamental de los micronutrientes para mejorar las inmunodeficiencias, hecho documentado en cualquier libro de biología, el mundo entero está expectante y conteniendo la respiración. Pronto veremos con qué rapidez puede The New Yorker reescribir un siglo de ciencia biológica y descalificar a todos los científicos que obtuvieron premios nobel por sus estudios sobre el papel de las vitaminas para mejorar el funcionamiento del sistema inmunitario. Cualquier duda sobre estos datos tendrá que ser despejada en la discusión pública que seguirá.

El papel de los micronutrientes en la lucha contra las inmunodeficiencias, incluido el SIDA, es una cuestión de vida o muerte para millones de personas, y su destino no puede depender de cabriolas periodísticas ni de las campañas mundiales de propaganda de los grupos de presión de la industria farmacéutica.

Personalmente, invito a todos los pacientes de SIDA a que sigan de cerca este debate. Ellos, más que cualquier otro grupo de personas, dependen de que la información que se ofrezca sobre hechos biológicos fundamentales sea rigurosa, ya que ellos corren el riesgo de pagar con su vida cualquier información errónea. Por eso ya es hora de terminar con esta desinformación deliberada en relación con la epidemia del SIDA y, además, exigir a cualquier medio que trate el tema la responsabilidad de ofrecer información justa y precisa.»

Este debate público y las cartas publicas del Dr. Rath plantean inevitablemente otros asuntos importantes, entre ellos el dudoso papel que tiene la Fundación Gates en el mercado mundial del SIDA. La Fundación Gates está promoviendo intensamente una quimioterapia tóxica con antirretrovirales para los pacientes de SIDA y, al mismo tiempo, está destinando cientos de millones de dólares a inversiones estratégicas en la industria farmacéutica que fabrica estos fármacos patentados. Estas y otras actividades de la Fundación Gates han aparecido recientemente en un informe de investigación del periódico Los Angeles Times.

El aspecto más importante de todo esto, y que durante demasiado tiempo ha conseguido pasar inadvertido a la atención pública en el contexto del debate mundial sobre el SIDA, es el «nacimiento» de estos fármacos de quimioterapia tóxica para el cáncer y el SIDA durante la Segunda Guerra Mundial en los campos de concentración de Auschwitz y Buchenwald, entre otros. LA «IG Farben», un cártel empresarial formado por los gigantes Bayer, BASF y Hoechst, era la mayor empresa farmacéutica del mundo. Para consolidar su dominio mundial, se convirtieron en los principales patrocinadores del ascenso de los nazis al poder y se apoderaron de toda la industria química de la Europa ocupada por los nazis.

«[IG] Farben era Hitler, y Hitler era [IG] Farben», resumió el senador americano Homer T. Bone el 4 de junio de 1943 en su informe a la Comisión del Senado sobre Asuntos Militares. En el Tribunal de Crímenes de Guerra de los juicios de Núremberg de 1947, veinticuatro ejecutivos de Bayer y de IG Farben fueron juzgados, y muchos de ellos fueron condenados por crímenes contra la humanidad, entre los que se incluían asesinatos masivos (genocidio) y esclavismo. Telford Taylor, el fiscal principal por EE.UU. en Núremberg, concluyó: «Sin IG Farben, la Segunda Guerra Mundial no hubiera sido posible».

IG Auschwitz, una sucursal al 100% del cártel Bayer/BASF/Hoechst, era la planta industrial más grande de Europa durante la guerra. El cercano campo de concentración de Auschwitz se convirtió en el infame campo de exterminio que llegó a ser gracias al dinero de IG Farben y su banco, el Deutsche Bank.

Decenas de miles de inocentes internados en el campo de concentración de Auschwitz fueron explotados sistemáticamente por estas empresas como mano de obra esclava para su fábrica y como «conejillos de india humanas» para probar los fármacos patentados por Bayer.

La mayoría de estos letales experimentos se realizó con una nueva clase de fármacos, llamados «quimioterapia», desarrollados en los laboratorios de Bayer y patentados por científicos de Bayer. Miles de inocentes de docenas de países murieron en este «genocidio médico» con un único fin: consolidar el monopolio y multiplicar las ganancias del negocio mundial de la industria farmaceutica de IG Farben.

«Debemos impedir a toda costa que los mismos grupos de interés (las multinacionales farmacéuticas) que se beneficiaron de este «genocidio farmaceutica» en los campos de concentración (y que fueron condenados por el Tribunal de Crímenes de Guerra de Núremberg) cometan hoy un genocidio similar a una escala aún mayor mediante la promoción de fármacos tóxicos para el SIDA entre los más pobres entre los pobres, en las aldeas de África y en todo portes del tercer mundo.»

«Bajo el engañoso velo de una falsa hermanita de la caridad, la industria farmacéutica y sus defensores están jugando con la vida de personas inocentes en todo el mundo (en una cantidad que alcanza proporciones de genocidio) con un único propósito: aumentar las ganancias de las inversiones en sus drogas patentadas», dice el Dr. Rath.

«Solo cuando entendamos los orígenes ocultos y la falta de escrúpulos que se esconden tras los motivos de un crimen seremos capaces de comprender sus escalofriantes dimensiones.»